martes, 21 de junio de 2011

A vueltas con las listas abiertas

Al calor de los movimientos populares del 15-M ha (re)nacido el debate sobre la forma en la que los cargos públicos son propuestos para llegar a ser electos. Esto es, listas cerradas o abiertas.
Una definición a lo bruto de estos conceptos vendría a decir que las listas cerradas son aquellas en las que el orden y nombre de los componentes de una lista electoral vienen predefinidas por el partido político o coalición a la que representan; mientras que las listas abiertas vendrían a ser algo así como una lista sin orden, donde serían los votantes los que presentarían su preferencia sobre el orden de los candidatos. Un ejemplo de listas abiertas serían las de candidatos a senadores.
Bien, dentro de las listas electorales abiertas podemos apreciar diferentes formas de llevarlas a cabo. Esto es, una única lista de partidos, dónde al votar se elija a miembros de diferentes listas (el caso del senado), o por el contrario, una lista por cada coalición dónde se elija de entre todos los miembros de esa candidatura el orden de preferencia.
En esencia estaríamos hablando en todos los casos de lo siguiente: de quien depende que los candidatos salgan elegidos y su orden.
En el caso de las listas cerradas la respuesta es sencilla, el partido político. En el caso de las listas abiertas la respuesta es mixta: por un lado el partido que elabora la nube de nombres que compondrán su lista y el elector, que decide de entre la nube de nombres.
En Cuba, como seguramente (no) saben, al no poder presentarse a las elecciones ningún partido político -exacto, el Partido Comunista de Cuba tiene prohibida la presentación de listas electorales- el sistema es de listas abiertas. Quien quiera se puede presentar. Y aquí en España la cosa es similar. Quien quiera puede, a través de los cauces de su partido, presentar su candidatura. El problema radica principalmente en esa pequeña salvedad de “a través de los cauces de su partido”.
Muchas de las quejas vienen de ahí. ¿Por qué el partido político tal presenta una candidatura de puta madre y, sin embargo, incorpora a un corrupto? ¿Por qué el partido político cual, presenta a mi abuela a la que votaría pero el resto de los componentes de la lista no me colocarían en el Ayuntamiento?
A priori todas estas reclamaciones son legítimas. O quizá no tanto.
Los partidos políticos no se componen de personas. De hecho, en sus procesos congresuales lo primero que se aprueba y decide es la linea programática y los documentos político/organizativos. Después se elige a un grupo de personas que tendrán que representar esas ideas. Es decir, y abreviando mucho: un partido político es, fundamentalmente, ideas a las que las personas se adhieren y no al revés.
Por tanto, al votar una lista electoral lo que se vota son personas, desde luego, pero en primer lugar se está votando un programa. De este modo acabamos de cepillarnos la reclamación lícita de listas abiertas entre varias candidaturas (modelo senado).
Vayamos a la segunda variante de listas abiertas: Votamos ideas, la lista del partido “Z” pero nosotros decidimos qué miembro será el número uno y cual el dos.
Para rebatir esta modalidad me apoyaré en el mismo argumento: ideas VS personas. La lista elaborada ordenadamente por un partido corresponde a lo que el partido, de forma democrática, entiende que es la mejor manera de que las ideas que el partido representan tengan su respuesta. Es decir, que si Perico es el número uno es porque es la persona más capacitada para trabajar por las ideas que las siglas (y documentos y programa) del partido “Z” representan. Y si Azucena es la número dos es porque los miembros de “Z” creen que con Perico de número uno, un buen número dos es Azucena.
¿Por qué, en ese caso, Matías -ajeno al partido “Z”- tiene que decidir quien defiende mejor las ideas de “Z”? Si quiere influir en las listas de “Z” la solución es bastante simple: que se afilie.
¿Qué traen consigo las listas abiertas? La difuminación de las ideas y la puesta en valor de la persona. El fin del sistema electoral basado en un programa. Estaríamos, en la práctica, ante la explosión de los partidos políticos en miles de pequeños matices multicolores que serían incapaces de aglutinar fuerza suficiente como para proponer un modelo concreto de nada, manteniéndose así, como todos sabemos, el status quo. Si eres incapaz de aglutinar fuerzas transformadoras, lo que hay (el status quo) prevalecerá.
Imagínense un Ayuntamiento dónde los compañeros de partido se hagan rivalidad unos a otros para conseguir aglutinar votos. Miles de panfletos no con siglas y propuestas programáticas concretas sino con personas saludando felizmente aportando exactamente igual que los demás pero mejoradas respecto al panfletito de la semana anterior. En otras palabras, estaríamos ante una discusión de lavabo por ver quien la tiene más grande.
Por ese motivo estoy radicalmente en contra de las listas abiertas y de lo que suponen (tratos de favor, exaltamiento de la persona, cuchilladas inter-partidos…) así como creo que si algo de un partido que crees cercano a ti no te gusta, tu deber es entrar ahí y luchar por lo que quieres, porque de lo contrario, amigo mío, lo tuyo es quejarte de la suciedad de tu casa sin intentar siquiera coger una maldita escoba.

Autor: Alejandro Quesada Solana.


jueves, 2 de junio de 2011

¿Y esta gente qué pide?

En esta última semana hemos podido ver (y participar) en un movimiento histórico y sin precedentes en la sociedad española: el Movimiento del 15 de Mayo. Especialmente en la madrileña Puerta del Sol, son centenares los ciudadanos y ciudadanas que se agolpan clamando justicia social y una economía puesta al servicio de la ciudadanía y no al contrario pero… ¿cómo se articula esto?
En primer lugar, lo que proponemos es el fin de esta tomadura de pelo que hemos venido a llamar dictadura de los mercados. Es curioso que hace bastantes años un alemán con barba escribía desde Inglaterra refiriéndose al capitalismo prácticamente en los mismos términos; por lo que, quién sabe si esta marea social lo que está pidiendo es el fin de un capitalismo de casino y profundamente financiarizado desde la década de los ochenta. Lo que está claro es el objetivo final: que esto cambie; y por la izquierda. Pero entre tanto, ¿cómo construimos ese cambio?
La primera de las reivindicaciones es la retirada de la reforma laboral -muy beneficiosa para el empresariado español por sus facilidades en materia de despido y de negociación sindical- y de la reforma de pensiones -que viene a se un regalo para los poderes económicos y financieros, para los dictadores-. Unas reivindicaciones muy a corto plazo y que niegan la construcción alternativa. Son medidas, en la práctica, conservadoras. No queremos que esto sea como lo habéis hecho, queremos que sea como era antes.
Pero no todo va a ser conservar; hay que pasar a la ofensiva y el método parece ser la banca pública. También plantea el tema de la banca pública una serie de debates para nada despreciables. ¿Banca pública en competencia? ¿Nacionalización de las Cajas de Ahorro y competencia contra la banca privada? O, simplemente, ¿banca única nacionalizada? Todavía se debate y en muchas de las plazas ya hay constituidas comisiones o grupos de trabajo temáticos que se encargan de este tipo de tareas.
El tema de la banca pública no es baladí. Hemos construido (o deconstruido) un sistema financiero profundamente desregularizado fruto de las dinámicas propias del capitalismo. Los gobiernos del mismo color político pero diferentes siglas se han encargado paulatinamente de ello. Desde la desregulación propiamente dicha (el Partido Popular y los últimos coletazos del felipismo) hasta la desarticulación total de la banca pública (el PSOE de González). Proponer banca pública, es proponer abrir una zanja revolucionaria (sí, tan mal estamos que volver unos años atrás es revolucionario) dentro de un entramado económico que traduce rentabilidad de unos pocos en malestar de una gran masa social.
También se habla mucho de la nacionalización de “las joyas de la corona”. Energéticas, telecomunicaciones, transportes y abastecimiento de agua. Todas ellas, que en muchos momentos fueron públicas, hay que recuperarlas para la mayoría social, para esa ingente cantidad de indignados e indignadas.
En definitiva, parece claro que lo que los indignados están reclamando es algo tan sencillo como volver una especie de keynesianismo clásico. Estamos, como decía antes, tan mal que pedir volver a los años 60 -en todos los países del Norte- es considerado por los medios, e incluso por más de un indignado, como algo revolucionario.
Yo discrepo mucho en ese sentido, pero considero que es un buen paso hacia adelante que estas reformas que se exigen no vengan “dadas” desde arriba, no es un regalo. Es el primer peldaño sobre una escalera que se está construyendo; debemos construir reforma tras reforma las bases de nuestra revolución. La revolución de la mayoría social que tienda hacia el socialismo, porque creo que hoy más que nunca queda patente la consigna “socialismo o barbarie”. Delenda est barbaria.

Autor: Alejandro Quesada